domingo, 30 de diciembre de 2012

MI propio ¨YO¨


Yo
“y mi propio Yo”

  La mejor manera de conocer al mundo, es conocerse a sí mismo. “Quien Soy Yo” debería ser la primera de las preguntas que debemos respondernos cuando tomemos la primera señal de  conciencia y practiquemos el uso de la razón, moderando nuestras emociones. En cierta manera estoy tocando el tema del yo interior, y me es aceptable hacerlo, para poder entender del yo superficial, que es la presentación física de nuestra existencia. En psicología se menciona de varios “yo”, pero yo quiero pronunciarme y enfatizar en dos, revelándome de las teorías y las fachadas de la ciencia y espiritualidad,      omitiendo un lenguaje científico, considerando que el resto parte de estos dos. El yo material es nuestra carta de presentación y está sujeto a cambios inesperados que ejercen nuestra vida cotidiana y son determinadas por nuestro entorno social y económico, entonces no es difícil ni trascendente concentrarnos en este aspecto, porque fácilmente podemos adivinar las consecuencias tales: como asumir diferentes personalidades y perdernos en un círculo vicioso de desórdenes emocionales.

 
  Consecuente con los otros artículos de mi pluma, y en especial,  había escrito del  “estudio” como antesala a presentar este. Ninguno de los mismos causaría gracia si no escribo “Yo” para indagar y llamar a mi potencial ser interior a presentarse como punto de partida para direccionar y dar sentido a mi intención de motivar nuestra existencia. El yo personal o consiente, es a mi juicio quien determina nuestra existencia y direcciona nuestros pasos a vivir con plenitud y dejar de existir por el mero hecho que no pedimos venir al mundo. En mi hábito de lectura he encontrado un sinfín de definiciones  del “yo” que lo convierten en tema de estudios académicos: neurofilosofía, neurobiología, psicología y estudios espirituales.  Para mí el Yo interno representa nuestra esencia (alma) en su forma más pura, es decir, lo que somos por naturaleza. Nuestros sentimientos y pensamientos que no están bajo ninguna influencia más que su naturaleza. Si es difícil alcanzar nuestro "yo interno", sería naturalmente imposible poder llegar al de otra persona y menos conocer al misterioso mundo de las personas que nos rodean. Este mismo concepto lo reafirma, el yo interno es nuestro secreto, nuestro "yo" (que muchas veces no conocemos). A veces durante nuestra vida nos vamos llenando de nuevas ideas, adoptamos formas de ser o pensar pero jamás podremos cambiar una simple esencia (yo interno) ya sea carácter, sentimientos, pensamientos o ideas inconscientes, que serán valorables después de auto descubrirnos y aceptarnos.

  Cada uno de nosotros tiene un yo interior (trascendental) y un yo exterior (empírico). El yo exterior puede ser visto, conocido y objetivado. El yo interior es el que ve, conoce, experimenta, objetiva, pero no puede ser visto, ni conocido, ni sentido; pero él lo ve todo, lo siente todo, lo conoce todo. El yo interior es como “el testigo” de todo lo que ocurre. Es sujeto y no puede ser objetivado. En la medida que uno va entrando en su “yo interior” se va desprendiendo de conceptos, sensaciones, objetos. Allí se va encontrando la independencia, se encuentra la libertad sin límites. El yo interior vive en un ahora eterno, atemporal. El conocedor desconocido es consciente del tiempo, pero él es atemporal. Conoce el pasado, presiente el futuro: pero lo único que le acontece es el presente. Vive en un presente inacabable. “Si tomamos la eternidad como algo que significa no una duración temporal infinita sino la ausencia de tiempo, la vida eterna pertenece a los que viven en el presente” (Wittgenstein). Por eso, cuanto más cerca está uno del verdadero yo, más vive en la eternidad, en el presente atemporal.
 
 

  Cuanto más cerca está uno del propio yo interior más cerca está de Dios. Ésta es una afirmación común en todos los místicos. Los sufíes hablaban de la “identidad suprema”.  Nuestro yo interior es espíritu.  El yo interior constituye un gran misterio, o un vacío y una inconsciencia puros: no puede conocerse ni objetivarse nunca, pero si acercarse y sentirse propio. El yo interior es divino, o se encuentra en perfecta unión con el espíritu infinito que radica en una identidad suprema. El yo trascendental no es algo independiente y separado del espíritu. El espíritu es el verdadero yo de todos los seres. Cuando nos identificamos sólo con el yo exterior, renunciamos a la dimensión más rica de nuestro ser. Cuando nos identificamos con nuestro yo interior, nos abrimos a la plenitud Quien vive en su yo trascendental se une a todo, se descubre formando parte de unas raíces comunes con todo el universo, con toda la humanidad, con Dios.

 
  Resulta insana la hipertrofia de la actividad intelectiva si se equilibran la actividad mental y las actividades físicas. Pero, sobre todo hay un efecto hoy inevitable: la alienación de nuestros propios pensamientos. ¿Pensamos o “somos pensados” por nuestros propios pensamientos? ¿Es nuestra existencia cartesiana, es decir, “existimos” como consecuencia de nuestro pensar? ¿Somos soberanos de nosotros mismos? Sostengo la propuesta del filósofo chileno Darío Salas Sommer que en su libro “Moral para el Siglo XXI” dice que el ser humano vive una subordinación de su propia actividad intelectiva a pensamientos ajenos. Estamos obedeciendo a “memes” inoculados por otros sin llegar al procesamiento profundo de los mensajes que recibimos. Mensajes que llevan al “establishment” científico actual a entender que somos producto del cableado eléctrico de nuestro cerebro, consideran que la realidad que vivimos es una construcción de la sociedad, me pregunto si “mi propio yo” es también una construcción compleja de la sociedad; sobre todo de mi medio inmediato  que hubiera llegado a construirme como un “fantasma sin personalidad”, cuidado que aquí radica las tantas nefastas actividades del hombre, llevados por separación del espíritu y la materia.

 
  A menudo la gente habla de la personalidad como si se tratara de un producto, orgulloso de poseerla en su estado actual, sin saber su nacimiento y valor. No solo eso, algunas veces hablamos como si la personalidad consistiera en rasgos atractivos y admirables: Efecto, encanto, honestidad. Pero no vemos que la personalidad es algo mucho más complejo de lo que indica el uso ordinario del término, e incluye tantos rasgos positivos como negativos. Y esta personalidad es el resultado de nuestro propio “yo” que vamos dando forma según somos conscientes y comprometidos con el valor de nuestra existencia.

  Todo ser humano al nacer posee una personalidad "potencial", en cuanto a que tiene los elementos básicos de la misma. Esta potencialidad comenzará a ser realidad cuando se inicie el desarrollo de ciertas características y capacidades, como trabajo intelectual, creatividad, conducta intencional y valores éticos, entre otras, que indican que los diversos elementos de la personalidad están funcionando con cierto nivel de organización. Y se puede hablar de personalidad estructurada cuando el individuo logra dinamizar de forma integrada y con autonomía estos aspectos básicos.

  Un “Yo” descubierto formara una personalidad estructurada y dará origen a una identidad firme y sólida. O en otros términos el logro de una identidad personal requiere haber conformado una personalidad estructurada adecuadamente en sus aspectos esenciales “Yo”, lo que le llevará a tener una conducta y un pensamiento característicos que persiste a través del tiempo y las situaciones. Por ende es esencial e importante descubrirnos, aceptarnos (hacer unos cuantos cambios, si es necesario) y descubrir el mundo partiendo de nosotros.
 
Henrry Yanez
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